Llevo un buen tiempo con un cambio radical en nuestras vidas.
Nuestro ritmo de vida hace poco más de un año era muy diferente al de ahora, viajábamos 3 semanas de las 4 que tiene un mes. Llegábamos a casa a cambiar maletas y a seguir. Coincidíamos en alguna ciudad un par de días para vernos y continuábamos.

Los dos amamos nuestro trabajo y estamos dispuestos a pagar el precio de elegir hacerlo de esa manera.

Los viajes forman parte de nuestra historia, nos hicimos expertos en encontrar buenas ofertas de vuelos en línea, aprendimos a viajar ligero sin documentar solo con lo necesario en el “carry on”. Tenemos siempre preparado las cosas del baño que nada pasa de 100ml, no llevamos cinturones ni botas al aeropuerto, las mochilas tienen las computadoras a la mano para agilizar nuestro paso en el área de seguridad.

Y así durante poco más de 4 años, un ritmo MUY distinto al que tenemos ahora. Desde que Bruno y yo nos casamos no habíamos podido o elegido, estar en nuestra casa más de 2 semanas continuas juntos ¿Se imaginan?.
Llego de pronto una situación que nos freno a todos, al mundo entero sin darnos opciones. El primer mes estaba super sacada de onda, no entendía bien la magnitud de lo que estaba sucediendo, pase por todas las emociones, las que conocía y las que no.

Si miro en retrospectiva puedo verlo casi como una linea del tiempo como ha sido este ultimo año.

Arranque paralizándome un par de días, llore otros más, sentí miedo, angustia, incertidumbre, tristeza, ansiedad. Durante poco más de un mes estaba negada al cambio. Al CAMBIO en toda la extensión de la palabra.
Cambio de ritmo, de actividades, de trabajo, de planes, de posibilidades, de ingresos, de todo lo que quisiera ver en ese momento no veía nada más que cambio por todas partes.
¿Que pasa con el Cambio? Nos viene a sacudir, pues nos saca completamente de este lugar conocido. Nos obliga de alguna manera a movernos, a ver otras posibilidades, a enfrentarnos a nuestras limitaciones o comodidades. Requiere un extra esfuerzo, un duelo al soltar lo que era y ya no es.

La siguiente etapa que viví fue que llevaba algunos días sintiéndome muy triste y por más que le daba vueltas no lograba descubrir lo que era. “Comparar-me”asi sin más, con todo lo que el mundo estaba accionando y lo que yo estaba haciendo que era NADA. Ver en redes sociales cursos, platicas en vivo, la gente haciendo ejercicio y yo, una ves más NADA, enrollada en mi bucle de confusión y tristeza, aferrada a que pronto todo volvería a la normalidad. Darme cuenta de ello me dio la posibilidad de prestar atención a lo que estaba haciendo y sobre todo a lo que estaba pensando.

Estar en casa comenzó a darme la oportunidad de adelantar el trabajo pendiente, tener ese tiempo que no tenia para dedicar más horas a lo que no había completado laboralmente. Me dio ese tiempo para preparar mis alimentos con calma eligiendo cada uno de los ingredientes. A poner musica al despertar para tender la cama. A poner lavadoras sin correr. A sentarme en el sillón de nuestra sala prácticamente nuevo y disfrutar de un buen libro ahí.
Fue una elección consciente, dejar de ver tanto el celular y mirar más los libros, dejar la conversación interna infinita y sentir la suavidad de las sabanas en mis pies en la mañana. Dejar de preocuparme por lo que no estoy haciendo y ver lo que si, estoy haciendo.
Tome la decisión de prestar más atención a lo que tenia aquí, frente a mí. A buscar las posibilidades de lo que podía hacer con ello. Una cosa fue llevando a la otra. Preparar el café por las mañanas empezó a ser un ritual aun más especial, percibir el aroma, los sonidos del grano moliéndose, la extracción, el vapor y la luz dejándome ver lo especial de ese momento en una “simple taza de cafe”.
No podía creer que hasta lavar los platos cambio de rumbo, era algo que antes no me gustaba, ahora tiene un sentido distinto. Aprovecho el agua calientita para mantener la temperatura de mi cuerpo, mientras los limpio a ellos me limpio a mi misma en un acto casi de psicomagia.

Empezó a tomar fuerza el estar presente, las ganas fueron cambiando en automático. Prestar atención al aquí y al ahora fue lo que llame “LA MAGIA DE LA COTIDIANIDAD”.
Encontrar la belleza en la sutileza, esa es su magia. En la luz que entra por toda nuestra casa a diferentes horas del día, en las plantas y su manera tan agradecida de crecer, de brillar, de permitirme acompañarlas a crear, crear vida. Justo eso es lo que estaba pasando dentro de mí.
Descubrí en este proceso la magia de la cotidianidad, esa que se esconde en lo que hacemos a diario. Puedo imaginarlo como un polvo que habita en las cosas del día a día y cuando nos damos la oportunidad de ver eso con otros ojos ese polvo empieza a desprenderse y a formar parte del ambiente, te llena de su magia, su energía, su luz, su mirada, sus posibilidades, su expansión.
Estar descalza, aprender recetas nuevas, ver una serie completa con mi esposo en el sillón de la sala, hacer cerámica desde casa con lo que tengo y lo que no, bailar como ejercicio, estirar mi cuerpo, darme un baño a conciencia sintiendo el agua caer por mi cuerpo, limpiar la casa, prender una vela y quedarme mirándola, escuchar los sonidos de la cuadra, subir a la azotea a ver el atardecer, sacar cosas que ya no necesito como acto de seguir soltando y dejar ir, re-acomodar en mi espacio poniendo la intención de sentirme cómoda y tranquila, pintar las paredes con un color que amo, volver a hacer llamadas largas por teléfono, meditar, ponerme crema en las manos sintiéndolas y agradeciéndoles, escribir como ahora con calma e inspirada.
Las cosas que antes parecían nada, hoy lo son todo. Habitar nuestro espacio eligiendo ver la magia de la cotidianidad nos da la oportunidad de agradecer y darnos cuenta lo afortunados que podemos ser con lo poco